Contrariamente a lo que suele decirse, los números no hablan por sí solos. Las frías estadísticas, sin un análisis cualitativo que las contextualice y desarrolle, terminan aportando poco y nada en el debate en torno a cualquier tipo de problema. De manera inversa, análisis más o menos sesudos o ambiciosos ven fuertemente limitado su campo de acción si no se encuentran acompañados por datos concretos que los sustenten.
Realizamos esta introducción porque en este caso incurriremos -lamentablemente- en una falencia del segundo tipo: nos faltarán datos para sostener lo que vamos a decir. Sin embargo, elegimos decirlo porque los datos existen y sería pertinente que se buscaran y se dieran a conocer.
La información a la que estamos haciendo referencia está relacionada con la cantidad de alumnos que se quedan libres tras las mesas de examen de diciembre y marzo. Cualquier tipo de análisis que se haga al respecto debería contar con la estadística detallada de cantidad de alumnos que se llevan materias -y no sólo en los últimos años sino también en lustros anteriores-. No será el nuestro -lamentablemente, como dijimos- un análisis ejemplar en este sentido.
Desde hace ya varios años, el hecho -normal pero traumático- de tener que rendir muchas materias durante diciembre y marzo se ha naturalizado y desproblematizado. Dicha situación, en sí misma, no constituye inconveniente alguno: aprobar una materia en tales instancias forma parte de las reglas del juego y no debería llevar a ningún tipo de estigmatización o juicio de valor. Sin embargo, mientras ciertas representaciones sobre las mesas de examen se relajan, un dato se mantiene firme e incólume: el límite de una materia previa.
La desproporción, pues, entre cantidad de materias que debe rendir un alumno y el alto porcentaje de aprobación de las mismas que debe tener para continuar como alumno regular en el colegio, suele llevar -y a esto queremos llegar- a una gran cantidad de alumnos libres.
Entre 2009 y 2010 una cantidad muy alta de alumnos (¿recuerdan lo que decíamos de la importancia de los datos?) quedaron libres. "¡El fracaso es de las autoridades!", pregonaba un cartel pegado en el Claustro Central. Esta asignación de responsabilidades es lo suficientemente rápida como para hacernos sospechar: ¿son las autoridades del CNBA responsables de que haya una elevada cantidad de alumnos libres? ¿Son responsables los profesores? ¿Los alumnos? ¿Los padres? ¿Aníbal Ibarra? El problema es complejo y exige una análisis profundo y bienintencionado.
Si el interrogante fuera "¿por qué se quedan libres tantos alumnos?" la respuesta sería, a nuestro entender, sencilla: porque deben rendir muchas materias durante diciembre y marzo y no llegan a aprobar la cantidad necesaria -por lo menos, todas menos una- como para mantener su condición de alumnos regulares. Para confirmar esta presunción, bien valdría contar con la estadística detallada de alumnos con exámenes en diciembre y en marzo y observar si aquellos que se quedan libres son los que tienen una cantidad considerable de exámenes por rendir.
Ahora bien, la cuestión central reside, según nuestra opinión, en otro punto: ¿por qué se llevan tantas materias los alumnos?
La respuesta inmediata es, sin lugar a dudas, la más antipática: "porque no estudian nada". Aunque suene políticamente incorrecto decirlo, debe ser considerado: ¿están los jóvenes de hoy en día poco dedicados al estudio? Supongamos que la respuesta fuera afirmativa. Ahora bien, ¿podrían los jóvenes de hoy en día estar dedicados al estudio como lo estaban los jóvenes de ayer? Supongamos que la respuesta fuera negativa e incluyamos aquí cuestiones tales como las nuevas tecnologías, los cambios en las organizaciones familiares y sociales y otras yerbas (precisamente).
Pero estos jóvenes -que serían "una manga de vagos" que no quieren estudiar- no son los únicos presentes en las aulas. ¿Qué pasa con los profesores? ¿Son los profesores responsables de que los alumnos se lleven tantas materias? ¿Son demasiado exigentes? ¿No explican con la suficiente claridad? ¿Evalúan de la manera adecuada y en una cantidad de veces que permita levantar las notas? ¿Cuentan con criterios unificados y con cierta dirección de un Jefe de Departamento, o la libertad/ libertinaje de cátedra prima por sobre cualquier otra consideración? ¿Cuentan con la disponibilidad o la formación necesarias como para colaborar en los procesos de aprendizaje de los alumnos con mayores dificultades?
Los interrogantes se multiplican lo suficiente como para dar a entender que los profesores son, desde ya, tanto una parte del problema como una parte de la solución. Pero volvamos ahora al cartel pegado en el Claustro Central... ¿y las autoridades?
¿Es la Rectora del CNBA responsable de que entre 2009 y 2010 se hayan quedado libres tantos alumnos? Según el Rector y el Consejo Superior de la UBA, sí (volveremos más adelante sobre este punto).
Durante la extensa gestión de Horacio Sanguinetti, ¿no había alumnos libres? Seguramente no (una vez más, ¡hay que mirar las estadísticas!). O seguramente había menos. ¿Pero por qué? Seguramente, o porque Sanguinentti era un rector ejemplar, o porque los jóvenes de entonces sí que estaban interesados en estudiar, o al menos provenían de contextos familiares que los motivaban en esa dirección...
Estudiantes, profesores, autoridades y familiares de los alumnos son parte del problema y de la solución. Sería una falacia -cuando no una canallada- asignar absoluta responsabilidad de un lado hacia otro, sea cual fuera. Colocados en un marco académico, debería desarrollase con rigurosidad, responsabilidad y humanismo la búsqueda de la solución de este y cualquier otro problema.
No obstante, tanto los estudiantes, como los profesores, las autoridades y los familiares se encuentran inmersos en un marco que excede naturalmente lo académico. Nos referimos a fenómenos que, por omnipresentes, se vuelven invisibles para algunos: los contextos social e histórico, por caso. Demos un ejemplo sencillo: durante 2009 -año que desembocó en una escandalosa cantidad de alumnos libres- hubo un extenso receso invernal producto de la recordada epidemia de Gripe A. ¿Pudo haber afectado el cambio en el calendario escolar en el desempeño de los alumnos? ¿Hasta qué punto vieron modificada su planificación pedagógica los profesores? ¿Qué cambios debieron realizar las autoridades en la confección de las mesas de examen? ¿A alguien del Consejo Superior de la UBA le interesa esto?
Dentro del CNBA, la cuestión de los alumnos libres ha sido -y está siendo- objeto de reflexión, debate y propuesta. Se ha indagado la posibilidad de que los alumnos libres presencien las clases como oyentes. Se ha aumentado considerablemente la oferta de clases de consulta tanto para alumnos regulares como libres; al mismo tiempo, se ha solicitado que dichas clases no sean sólo de consulta. Muchos profesores acuerdan espacios de encuentro a contraturno con sus alumnos para resolver sus inquietudes. Muchos padres envían a sus hijos a profesores o academias particulares. Otros tantos alumnos confían en su capacidad para rendir muchas materias entre diciembre y marzo... En definitiva, existen muchas formas de pensar un problema y muchas formas de resolverlo. El interés común -la resolución del problema- debe ser el fin en el que converjan los diversos puntos de vista.
Ahora bien, asignar responsabilidades de forma unidireccional y mecanicista no parece ser la manera adecuada de lidiar con una cuestión de este tipo. Y peor todavía: valerse de un problema que atañe directamente al eslabón más importante de la comunidad educativa -los alumnos- para ejercer presión y justificar acciones que están justificadas en otra esfera no parece ser la mejor manera de conducirse en un ambiente académico. ¿A qué viene este comentario?
En diciembre de 2009 fuentes cercanas a Vicerrectoría nos comentaron que desde la UBA se consultaba con insistencia la cantidad de alumnos por curso y la cantidad de alumnos que debían rendir materias. ¿Contaba la UBA con que una alta cantidad de alumnos libres serviría para justificar la no apertura de cursos en el TV? ¿Enarbolaba la UBA las banderas del "no hay mal que por bien no venga" y "al mal tiempo, buena cara" y veía en la alta cantidad de alumnos libres una posibilidad de ahorrar recursos de un presupuesto siempre escaso? ¿Es el presupuesto de la UBA lo suficientemente escaso como para regatearle al CNBA el dinero necesario para la apertura de divisiones en el TV aprobada por el mismo CS? Esta vez, sí sería bueno que los números hablaran por sí solos.
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